Un maestro del laberinto de espejos 

Jesualdo Correia, Teórico de estética comparada, Rio de Janeiro Brasil, 2000

 

Lujuria de imágenes enigmáticas, transbordantemente matizadas. Poemas musicales que hablan de razón y ensueño, impulso y suave contención. Infinitas alternancias, dialéctica sensorial profusamente elaborada...
El trayecto artístico de Juan Kancepolski es el eterno escurrirse por un sisífico laberinto de espejos. Reflejos de la imponderable inquietud de su mundo interior, que incesantemente se confronta y se manifiesta, a través de un panteón de íconos eidéticos, con la maravillosa y brutalmente absurda realidad del mundo exterior.

Producción estupendamente onírica, sutilmente formal. La perplejidad que ese mundo exterior produjo sobre su universo sensible de artista, ya en sí enriquecido por la presencia de un pensador y un daimón indomables, constituyó una obra hoy cristalizada, sólida, dotada de personalidad y esencia absolutamente propias.

Todo el universo de impactos cognoscibles, propiciados por una memoria ancestral, remota, podría manifestarse de manera desordenada, en una pura construcción artística algo fauvista. Pero en Juan Kancepolski la creación artística respeta la benéfica función de la sabia disciplina interior. Pincelada tras pincelada, descubrimiento tras descubrimiento, visión artística tras visión minimalista, cada mar de percepciones se filtra en gotas de expresión estética. Una obra constelación de enigmas.

En Juan Kancepolski no hay espacio para la inmadurez del hacer artístico, él sabe que la humanidad necesita avanzar rumbo a la expansión de su conciencia ética, si no su registro histórico permanecerá farsa. Él sabe que inspiración artística sin método, sin una ratio estética, es devaneo romántico definitivamente superado. Él sabe que el arte actual, habiendo conquistado su total emancipación, puede y debe retornar, rescatar y restaurar, sin miedo de n’être pas absolument moderne.

Laberintos, espejamientos, infinidad de matices: ludicidad, secuencia de insights, paciencia: plegaria. Hay ciertamente una religiosidad subyacente, que es la de un alma artística que no podría contentarse apenas con el ideal del ego y sus frutos vinculados a la pretensión del éxito.

Plegaria, aquí habla de ejercicios de paciencia y de amor, ciertamente no de torpor místico, o mimetismo religioso.

Las telas de Juan Kancepolski nos invaden seductoramente con su maravilloso juego de facetas, reflejos, profusión temática -y por la sobriedad de la disciplina subyacente. Lo femenino, el eterno femenino atravesando todo, ablandando la obsesión, volatilizando la rigidez de lo mental. Lo femenino en su astuta magia, aquí en forma sonora inmanente, allí por el llamado sensual sí libidinoso, a través de una extasiadamente sabia alternancia cromática.

El artista Juan Kancepolski tiene algo de mago, malgré lui même, y sabe, por conocimiento e impulsión, que el ideal de la genuina obra de arte es el fortificante impacto estético que retira a la conciencia común de su desvalorizado estado mental, transfiriéndolo hacia los planos superiores, y otros, más cercanos al verdadero amor, sin sentimentalismo,  y a lo lúdico, sin infantilismos, y a la postura ética, sin hipocresía.

Una obra de arte que en su conjunto se afirma cada vez más, paciente y soberanamente, dejando rastros luminosos, ya sea en Brasil, en Uruguay, en Estados Unidos, en Europa o Israel, y ahora, en una magnífica exposición en suelo patrio.

Juan Kancepolski. A master of the labyrinth of mirrors 

Jesualdo Correia, Theorist in Comparative Aesthetics Rio de Janeiro, Brazil, 2000
 

Lust of enigmatic images, infinitely nuanced. Musical poems that speak of reason and dream, drive and soft containment. Infinite alternations, richly elaborated sensory dialectics.


The artistic journey of Juan Kancepolski is the eternal Sisyphean squeeze through a maze of mirrors. Reflections of the imponderable concerns of his inner world, which constantly confronts and is manifested through a pantheon of eidetic icons, with the wonderful and brutally absurd reality of the outside world.


Beautifully dreamlike production, subtly formal. The bewilderment that the outside world had on the sensitive universe of his being an artist, in itself enriched by the presence of an indomitable thinker and daemon, comprised a work which is today crystallized, solid, and which has a personality and essence absolutely of his own.


All the universe of knowable impacts, brought about by an ancestral, remote, memory, could occur in a disorderly manner, in a pure, Fauve-like, artistic construction. But in Juan Kancepolski, the artistic creation respects the beneficial role of the wise inner discipline. Stroke after stroke, discovery after discovery, artistic vision after minimalist vision, each sea of perceptions is filtered in drops of aesthetic expression. A work constellation of  puzzles.


In Juan Kancepolski there is no room for immaturity of making art, he knows that mankind needs to go toward the expansion of its ethical conscience, if not, the historical record will remain a farce. He knows that artistic inspiration without method, without aesthetic ratio, is definitily overcome romantic, idle pursuit. He knows that the current art, having won their total emancipation, can and should return, reclaim and restore, without fear of n'être pas absolument moderne.


Mazes, mirages, countless shades: playfulness, sequence of insights, patience: prayer. There is certainly an underlying religiosity, which is that of an artistic soul that could not be content just with the ego ideal and its products linked to the claim of success.


Prayer, here speaks exercise of patience and love, certainly not of mystical torpor or religious mimicry.


Juan Kancepolski’s canvases seductively invade us with their wonderful game of facets, reflections, thematic profusion, and the sobriety of the underlying discipline. The feminine, the eternal feminine goes through everything, softening the obsession, volatilizing the rigidity of the mental. The feminine in its cunning magic, here as inherent sound, called there by the libidinous sensual self, through an ecstatic wise alternation of colors.
 

The artist Juan Kancepolski has something of a magician, malgré lui même, and he knows, from knowledge and drive, that the ideal of the genuine work of art is the bracing aesthetic impact withdrawing to the common consciousness of his depreciated state of mind, transferring it to the higher planes, and other, closer to true love, without sentimentality, and to the playful, without childishness, and to the ethical position, without hypocrisy.

 

A work of art which as a whole strengthens increasingly, patient and supremely, leaving trails of light, whether in Brazil, Uruguay, United States, Europe or Israel, and now, in a magnificent exhibition on home soil.