Una inmersión en las aguas de los sueños 

Ángela Cáceres Montevideo, Uruguay, 2000

 

En tanto languidece el encanto de nuestro entorno y las urgencias ignoran las necesidades del alma, lugar de acceso a la trascendencia, el arte alimenta la esperanza. Y, a veces, pareciera que sólo el arte. Aun entre las victorias improvisadas y efímeras de los servidores del marketing, el artista auténtico mantiene la rara legitimidad del arte, la defiende y la preserva.

Hace más de veinte años que conozco a Juan Kancepolski. Entonces, él empezaba a sorprender y deslumbrar con su obra. Obra que había emprendido a través de muchos, muchos años de concentración y silencio. Con la firme voluntad de crear y trabajar sin la menor prisa por mostrar. Como un monje laico cuidando la sacralidad de sus instrumentos, de sus colores, de sus tópicos a los que sería fiel hasta ahora mismo, sin el menor interés por el suceso prematuro. Sólo cuando consideró que su pintura maduraba y se planificaba comenzó a presentarla. Pero de una manera casi tierna, como un padre mostrando sus bellos hijos a los amigos. Humildemente maravillado por la creación; la creación posible.

Como un nauta de las profundidades, Juan Kancepolski explora y descubre el infinito en su océano interior. Y, luego, lo manifiesta. Entonces, por unos instantes sin medida, la contemplación se convierte en una inmersión en las aguas de los sueños, capturando con delicadeza una especie de memoria de otra memoria aún más evanescente, indicadora de un posible camino hacia el corazón de la belleza.

Sus "criaturas" no ocultan su origen. Esas cabezas, esos perfiles semejantes a proas de barcos indefinidos, bogando más por tiempos que por espacios; sus arlequines; los frutos transfigurados nacidos de una tierra pródiga, maravillosa y mágica que sólo Juan conoce. En ese territorio todo parece mudar de naturaleza; los volúmenes se licuan,  se disuelven y fluyen como ríos; los planos se mezclan como signando otro orden. Quizá un orden que puede traer nuevas visiones a la historia, entre corrientes submarinas que edifican, y un aire, un éter propio del artista que las alimenta.
De manera que, como tantos, sedienta de sueños nuevos, celebro la liturgia artística que vuelve a manifestar en el mundo de la pintura este continuum : la obra de Juan Kancepolski; agradeciéndole el milagro de todo este movimiento perpetuo prisionero de un plano. Casi una paradoja.

A dip in the waters of dreams 

Ángela Cáceres Montevideo, Uruguay, 2000

 

While the charm of our environment languishes and the urgencies ignore the needs of the soul, place of access to transcendence, art nourishes hope. And sometimes, it would seem that only art. Even among those improvised and ephemeral victories of the marketing servers, the authentic artist keeps the rare genuine legitimacy of art, defends it and preserves it.


I met Juan Kancepolski more than twenty years ago. Then, he began to surprise and dazzle with his work. Work being undertaken by many, many years of concentration and silence. With a desire to create and work without any rush to display. As a lay monk guarding the sanctity of his instruments, his colors, his topics to which he would be true even now, without the slightest interest in premature success. Just when he thought that his painting was mature and planned, he began to present it. But in an almost tender way, like a father showing his beautiful children to friends. Humbly marveled at the creation; creation possible.

As a sailor from the depths, Juan Kancepolski explores and discovers the infinite in his interior ocean. And then he expresses it. Then, for a moment without measure, contemplation becomes immersed in the waters of dreams, gently capturing a kind of memory of another even more evanescent memory, indicative of a possible path to the heart of beauty.

 

His "creatures" do not hide their origin. Those heads, those profiles resemble the prows of undefined ships, paddling more through times than through spaces; his harlequins; the fruits born of a lavish transfigured land, wonderful and magic that only Juan knows. In this area everything seems to change its nature; the volumes liquefy, dissolve and flow like rivers; the plans mix as signing another order. Perhaps an order that can bring new insights to the story, including underwater currents that build, and an air, an ether of his own that the artist feeds them.


So, like many, thirsting for new dreams, I celebrate the artistic liturgy which again manifests in the world of painting this continuum: the work of Juan Kancepolski, thanking the miracle of this whole perpetual motion prisoner of a plane. Almost a paradox.